Carne de sirena comienza con «El último día de su vida, Andrés Bouza se hizo a la mar temprano, sin dar importancia al oscuro presagio del cielo. Unas nubes sucias, tan grises como el pellejo del bacalao seco, anunciaban su destino, y lo hacían del modo cruel que a veces tiene la naturaleza de anticiparse a la muerte». El marino no está solo, le acompaña un «chaval rapado al cero». El barco va hacia Lisboa, se desata la tormenta y, antes del naufragio, retrocede la acción al día anterior. Andrés Bouza se prepara el desayuno con unas lonchas de tocino que «el de la tienda donde lo compró había utilizado el trozo de una hoja de la sección de sucesos en el que se informaba del asalto a un banco. Noticia que Andrés Bouza leyó por encima y con los ojos rientes. La noticia venía ilustrada con una foto del rostro del tipo que había perpetrado el asalto. Se trataba de un joven de carrillos llenos y cabeza pelada».
El barco de Andrés Bouza encalla en un banco de arena. Mientras espera que suba la marea, asaltan su embarcación. El lugar donde se encuentra es el sitio planeado para descargar un alijo de droga. Andrés Bouza termina en una posada. «A ambos lados de la puerta fermentaban las basuras y habría jurado que todo aquello ya lo había vivido. Era lo más parecido a un oscuro recuerdo que le devolvía hasta ese preciso instante, frente a una puerta de madera claveteada con las tachuelas de forja antigua».
Esa fonda será un lugar mítico, una especie de purgatorio con los espíritus que habitan en él y que dan la bienvenida (es un decir) a Andrés Bouza. Cada personaje irá contando, cuando no confesando, sus pecados: asesinatos, pederastia, narcotráfico, ajustes de cuentas, venganzas… Uno de los nuevos personajes es el cura, ciego como Tiresias, quien nos revelará la propuesta lectora: «yo acabo de morir. El azar de los dados me ha llevado hasta la casilla de la calavera. Pero al fin y al cabo, no deja de ser un juego». En la posada regentada por O Colorado, la muerte está omnipresente «a todos los seres nos prometieron la muerte» y «unos se la buscan de una manera y otros de otra», también hay un joven, Manolo Mariño el Chiruca, «un demonio joven que aspira a dominar lo que tiene de demonio para luego volver a convertirse en un ángel».
Todos los personajes están condenados, empezando por el protagonista, quien «tiempo más tarde, cuando ya nada tuviera arreglo, Andrés Bouza se daría cuenta de que, en realidad, lo que se traían aquellos dos ancianos entre manos era un juego de tramoya del que él mismo sería víctima». Andrés Bouza «no es más que un marinero salido de las tinieblas, un hombre que pertenece en cuerpo y alma a esta noche» y los demás parroquianos, en esas mismas tinieblas, cada uno en su noche, sentenciados por sus pasados atroces.
Carne de sirena es de las novelas que embrujan, se lee y se relee para disfrutar de su prosa, sus guiños, sus reflexiones dialogadas y sus personajes inolvidables. No se la pierdan o piérdanse con ella.